SOBRE JEFFREY
TODO VIAJE COMIENZA CON UNA PREGUNTA
El mío comenzó con una pregunta que nunca pude dejar de hacer.
LA HISTORIA DETRÁS DE LA MISIÓN
¿POR QUÉ ÉRAMOS POBRES?
Es la pregunta más sencilla que he hecho en mi vida. También ha sido la más importante.
Una infancia de preguntas
Mucho antes de estudiar economía, servir en juntas públicas, defender los derechos de los propietarios o hablar sobre políticas públicas, fui simplemente un niño que intentaba comprender el mundo que lo rodeaba. Quería saber por qué algunas familias luchaban por salir adelante mientras otras prosperaban. Por qué algunas naciones creaban oportunidades y otras parecían atrapadas en la inestabilidad. Por qué la libertad abundaba en algunos lugares, pero era escasa en otros.
Esa pregunta se convirtió en la brújula que ha guiado cada etapa de mi vida.
No crecí soñando con títulos ni con ocupar un cargo público. Crecí buscando respuestas.
Nací en Guatemala durante uno de los períodos más turbulentos de la historia moderna del país. Durante treinta y seis años, Guatemala soportó una guerra civil que dejó profundas heridas en toda la nación. La violencia, el miedo, la inestabilidad política y las escasas oportunidades económicas se convirtieron en parte de la vida cotidiana de millones de familias. La mía era una de ellas.
Mi madre tomó la decisión más difícil que un padre puede tomar. Se fue. No porque quisiera abandonar a sus hijos, sino porque nos amaba lo suficiente como para creer que una separación temporal era el único camino hacia un futuro mejor. Como tantos inmigrantes antes que ella, sacrificó años junto a su familia para que mi hermana y yo algún día tuviéramos oportunidades que ella nunca tuvo.
De niño, no comprendía el verdadero peso de ese sacrificio.
Solo sabía que mi madre no estaba.
Sabía que atravesábamos dificultades económicas.
Un nuevo país. Una nueva oportunidad.
Sabía que, en algún lugar al norte, existía un país llamado Estados Unidos, un lugar que parecía casi imposible de imaginar.
Mientras crecía, veía películas como The Mighty Ducks. Para muchos, eran simplemente películas familiares. Para mí, eran una ventana a otro mundo. Veía vecindarios que parecían seguros, escuelas llenas de oportunidades y comunidades donde los niños parecían libres de soñar con el futuro en lugar de preocuparse por el presente.
Incluso entonces, seguía haciéndome la misma pregunta. ¿Por qué? ¿Por qué un país parecía ofrecer oportunidades tan extraordinarias mientras otro luchaba por brindar incluso lo más básico?
Esa pregunta me acompañó hasta la adultez.
Cuando inmigré a Estados Unidos siendo adolescente, no solo llegaba a un nuevo país. Llegaba al país que había ocupado mi imaginación durante años. Estados Unidos representaba mucho más que el éxito económico. Representaba la posibilidad.
Todo era diferente.
Las oportunidades.
Las instituciones.
La convicción de que el mañana podía ser mejor que el hoy.
Como todo inmigrante, enfrenté desafíos. Tuve que aprender un nuevo idioma, adaptarme a una cultura distinta y construir una vida en un país que todavía me resultaba desconocido.
Hubo momentos de incertidumbre y momentos en los que dudé de mí mismo. Pero también hubo momentos que jamás olvidaré.
El día en que me di cuenta de que entendía cada palabra de una canción en inglés que sonaba en la radio.
El día en que me convertí en la primera persona de mi familia en obtener un título universitario en Estados Unidos.
El día en que levanté la mano derecha y me convertí en ciudadano de los Estados Unidos.
La primera vez que entré a un centro de votación y ejercí mi derecho al voto en una elección presidencial.
Cada uno de esos momentos representó algo mucho más grande que un logro personal.
Representó oportunidades.
Representó libertad.
Representó la promesa que había inspirado el sacrificio de mi madre años atrás.
Sin embargo, incluso después de convertirme en ciudadano estadounidense, una pregunta seguía sin respuesta.
¿Por qué una nación había logrado crear esas oportunidades mientras otra había tenido dificultades para hacer lo mismo?
La búsqueda de respuestas
Esa búsqueda finalmente me llevó a la economía.
No porque quisiera convertirme en economista, sino porque quería comprender las fuerzas que hacen posible el florecimiento humano.
Me sumergí en el estudio de los negocios, la economía política y la economía, no simplemente para obtener títulos académicos, sino para responder la pregunta que me había acompañado desde la infancia.
En ese camino encontré pensadores cuyas ideas transformaron profundamente mi manera de entender la sociedad. Frédéric Bastiat me enseñó sobre la justicia y el papel legítimo del gobierno. Henry Hazlitt me mostró que las políticas públicas deben juzgarse por sus consecuencias de largo plazo, y no solo por sus efectos inmediatos. Friedrich Hayek advirtió cómo la libertad puede erosionarse gradualmente cuando el poder se concentra cada vez más. Ludwig von Mises demostró que la economía comienza con la acción humana intencional, mientras que Carl Menger explicó cómo la prosperidad surge del intercambio voluntario y de las decisiones individuales.
Por primera vez, las piezas comenzaron a encajar.
La respuesta no era la geografía.
No era la suerte.
No eran los recursos naturales.
La diferencia entre las sociedades prósperas y las que enfrentan dificultades radica en las ideas que adoptan y las instituciones que construyen.
Cuando las personas son libres para innovar, crear empresas, ser propietarias de lo que producen, intercambiar voluntariamente y perseguir sus aspiraciones bajo un verdadero Estado de derecho, las oportunidades se multiplican. Cuando esos pilares se debilitan, la prosperidad se vuelve mucho más difícil de sostener.
Esos descubrimientos transformaron mi vida.
La economía dejó de ser una disciplina académica.
Se convirtió en la lente a través de la cual comprendí la historia, las políticas públicas y el potencial humano.
Años después, otro momento decisivo reafirmó esas convicciones.
De las ideas a la acción
Durante la pandemia de COVID-19, observé cómo gobiernos de todo el mundo respondieron con medidas de emergencia extraordinarias. Aunque las circunstancias eran muy distintas a las de mi infancia, esa experiencia me recordó que la libertad nunca debe darse por sentada. Reafirmó mi convicción de que preservar la libertad requiere ciudadanos comprometidos, instituciones sólidas y la disposición permanente de hacer preguntas difíciles sobre el equilibrio adecuado entre la libertad individual y la autoridad del gobierno.
Esa reflexión marcó un punto de inflexión en mi vida.
Ya no quería limitarme a estudiar las ideas.
Quería ponerlas en práctica.
Honrando el sacrificio
Hoy, mi trabajo refleja ese compromiso.
Ya sea ayudando a inmigrantes a convertirse en ciudadanos estadounidenses, promoviendo el acceso a una mejor educación, defendiendo los derechos de propiedad de los propietarios de viviendas, sirviendo en juntas públicas o impulsando políticas que amplían las oportunidades, mi propósito sigue teniendo sus raíces en la misma pregunta que despertó mi curiosidad cuando era niño.
Creo que las ideas importan porque las ideas dan forma a las instituciones.
Las instituciones crean oportunidades.
Y las oportunidades cambian vidas.
La mía es un ejemplo de ello.
Mi madre eligió venir a los Estados Unidos porque creía que una sociedad más libre les daría a sus hijos la oportunidad de construir un mejor futuro.
Tenía razón.
Todo lo que he logrado—cada título académico, cada oportunidad de liderazgo y cada oportunidad de servir—tiene su origen en ese acto de valentía y de fe.
Mi historia no es simplemente la historia de un inmigrante.
Es una historia estadounidense.
Es la historia de lo que puede hacerse realidad cuando la libertad se protege, las oportunidades se amplían y las personas tienen la libertad de desarrollar todo su potencial.
Por eso continúo hablando, escribiendo, enseñando y sirviendo.
Porque en algún lugar, hoy mismo, hay otro joven haciéndose la misma pregunta que yo me hice una vez.
¿Por qué algunas sociedades logran crear oportunidades mientras otras luchan por hacerlo?
He dedicado mi vida a encontrar esa respuesta. Mi misión es ayudar a otros a descubrirla y, juntos, construir comunidades donde la libertad, la responsabilidad y las oportunidades puedan florecer para las generaciones presentes y futuras.
— Jeffrey C. Baldwin
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